Lo que fotografío no es más que un fogonazo arquitectónico de mi propia realidad intangible, fogonazo que como la propia vida, vive encerrada en una “materia” ajena a su propia naturaleza.

Cuando fotografío no lo hago al motivo en cuestión, me fotografío a mi mismo aprovechando el lenguaje de lo que me rodea, el que pertenece a los sentidos y al que se dice: realidad.

Febrero 2012

Somos todos más o menos cincuentones, y los más
jóvenes están por encima o cercanos a los cuarenta. Nos asombramos de no haber envejecido
desde la última vez que nos vimos. Por cierto, se insinúa un poco de gris en las barbas y en las
sienes, pero también hay algunos que parecen más jóvenes que antes, y éstos reconocen que al
llegar a los cuarenta se produjo un extraño cambio en sus vidas. De pronto se sintieron viejos,
creyendo estar en el final de sus días; descubrieron enfermedades que no existían; los brazos se
ponían rígidos y les costaba ponerse el abrigo. Todo les parecía viejo y gastado; todo se repetía,
volviendo con eterna monotonía; los jóvenes arremetían temerarios, sin ningún respeto por las
obras de los mayores; lo más irritante era que los jóvenes hacían los mismos descubrimientos que
habíamos hecho nosotros, y lo peor de todo era que traían sus viejas novedades como si nunca
antes hubiesen sido descubiertas.

Extraído de: Solo de August Strindberg